Una tarde como cualquier otra decidieron reunirse como de costumbre, sin saber si lo hacían por placer o por rutina que era lo que últimamente predominaba en su relación.

Ella, de unos veintitantos, salió de casa vestida como siempre, sin querer llamar la atención con algo más que fuera su ya de por si llamativa belleza natural. El, un poco menor que ella solo se duchó para la ocasión, su atuendo nada exorbitante.

La hora y el sitio no era necesario fijarlos, siempre eran los mismos, sin embargo desde el saludo, la sonrisa entre tierna y perversa de ambos indicaba que si algo cambiaría esa noche se reflejaría en la cama. Como el día no había sido menos pesado que cualquier otro ambos decidieron cenar algo, en parte porque el estómago así lo pedía y en parte por seguir el protocolo.

Cenaron algo ligero y fácil de cocinar, para beber un poco de vino que sobró de la fiesta del sábado. Acabaron y ella decidió que estaba lo bastante cansada como para seguir sentada en una silla delante de un plato vacío y una tele con un partido de fútbol. Se fue a la habitación. Él sorprendido continuó con el partido y cuando acabó se acordó de que alguien estaba sola en la habitación y pensó en ir a verla. Cuando abrió la puerta de la habitación, cual fue la sorpresa al ver a su chica intentando cambiar la rutina por algo mas excitante, vestida con medias de rejilla y liguero, tacones de aguja atados al tobillo, una falda de pliegues al más puro estilo colegiala y una finísima camisa blanca que transparentaba y casi dejaba ver su firmes pechos. El pelo recogido con un moño y unos labios carnosos pintados de un rojo intenso estaban haciendo que el chico sintiera un calor irrefrenable por todo su cuerpo: -¡Maldito fútbol!- Exclamó dándose cuenta que podía haber disfrutado de ella mucho antes.

Viendo el banquete que le aguardaba decidió poner manos a la obra acercándose a su cómplice sexual, sin embargo, un gesto negativo de ella que no encajaba para nada con su imagen casi infantil le dio a entender a él que, al menos por ésta noche, no jugaría su habitual rol de ‘Macho Dominante’.

Ella le arrancó literalmente su camisa que, por primera vez en mucho tiempo estaba planchada, lo cual dejó al descubierto sus horas de gimnasio traducidas en un torso bien moldeado. Importándole más bien poco la corpulencia de su pareja la arrojó sobre el nuevo colchón de látex. Ya en la cama, la chica aprovechó algunas cuerdas que habían sobrado de su reciente mudanza y lo ató de manos a la cabecera de la cama, lo cuál no habría sido posible sin la colaboración de él.

Con el chico a merced ella podía disponer de él para un momento erótico o, mejor aún, perverso. Intuyendo lo que pasaría el se relajó y dejó que le despojara salvajemente el pantalón, ropa interior incluida. Ella tomó un trago de su Coca-Cola con hielo para aclarar sus ideas, se montó sobre él y colocó su cabeza a la altura de su pecho y justamente ahí depositó el hielo que había en su boca y lo paseó por sus pezones, sabía que a el le excitaba y a ella le daba algo de morbo el intercambio de roles y hacerle una vez lo que tanto él le había hecho. Con su cuerpo aún frío por el hielo, apagó la luz, quedando así solo la iluminación de las velas aromáticas que decoraban su escritorio. Ella tomó una y accidentalmente un chorro de cera se derramó sobre los pectorales de él, lo cuál pareció hacerlo sufrir un poco pero, después de todo el sufrimiento puede llegar a ser placentero. Esta es la filosofía que marcaría la noche.

Cuando cautivo y captora comenzaban a jugar sus papeles, alguien llamó a la puerta, parecía que un nuevo personaje se uniría a la historia.

¡Y que oportuno! EL compañero de piso se dejó las llaves y no podía entrar a casa mas que picando. Y allí estaba ella abriendo la puerta con su atuendo de “niña buena”. Fue un acto reflejo, no pensó en como iba vestida, se dio cuenta cuando el pobre chico levantó una ceja y medio sonrió como preguntando si había algo para él.

Ella miró hacia abajo y vio el paquete que tenía aquel chico, impresionaba, pero de pronto se escuchó un: -¡¡venga!! Y de atrás de él salió su chica un tanto sorprendida a la vez que cabreada y celosa... No quisieron unirse y se metieron en su habitación, más tarde supieron que no eran los únicos cerdos del piso (cosa que les daba algunas ideas, dejando volar su imaginación).

Volvió a la habitación y después de morderle el cuello y los pezones suavemente lo desató. Miró a su chico, lo agarró y se lo llevó al balcón. Él extrañado no sabia que pretendía pero de pronto ella se arrodilló y comenzó a lamerle la polla suavemente con lametones suaves y dulces, como una “buena niña”. El chico alucinaba y a la vez sentía un morbo tremendísimo ya que en el balcón de enfrente había una sombra mirándolos y disfrutando a la vez que ellos. Un cerdo, o cerda, se une a la fiesta.

La niña se lamió la mano para que resbalara más en la polla de él a la vez que se la chupaba e intentaba comérsela entre succiones y lametones. Parecía que se lo pasaba muy bien, algo parecido a lo que haría una niña con un chupa-chups en la boca...

No podía más, ¡se corría! ¿Qué hizo ella? Se la meneó mucho más fuerte y rápido y le dejó que se corriera encima. Se le manchó toda la camisa y siendo tan blanquita hizo que se le pegaran los pechos en cada mancha con tan mala suerte que tenia una en el pezón... Se le veía bien bien toda la teta a través de la camisa y gracias a la abundante corrida de su chico.

-¡Vaya mamada! ¡Eres una cerda niña!

-No hemos acabado...